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CIORAN ENTRE PROSTITUTAS

anamaqui — 20-12-2009 GTM -4 @ 09:15

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Carlos YUSTI

E. M. Cioran es/fue un filósofo bastante fuera del molde tradicional del gremio. No fue profesor, ni conferencista ni alguna otra cosa parecida que lo hubiese sacado de su vagancia ilustrada. Se ufana de no haber trabajado nunca (“Habiendo tenido la suerte de no haber ejercido oficio alguno ni trabajado en libros serios, he dispuesto durante toda mi vida de gran cantidad de tiempo, privilegio reservado a los mendigos y a las mujeres. Mendigos hay cada vez más, pero ellos no se rebajan a escribir; en cuanto a las mujeres, ahora van a la oficina, infierno idiotizante”) ya por este hecho es menester envidiarle.

Disfrutar de ocio y tiempo para leer y entregarse a las especulaciones mentales y teorías más arbitrarias es un lujo supremo. Andar por ahí, sin apremios, husmeando en la vida, o en ese aquelarre de los bajos fondos para tomarse unas horas y conversar con los mendigos, los chulos y criminales de poca monta. Frecuentar a las “fulanas” (como las llamaba el autor de Brevario de la podredumbre) y no sólo para gozar de sus favores carnales, sino también para aprender, para exprimir esa insólita experiencia de relacionarse con otros seres humanos.

Ocio para conocer personas del más variado pelaje y del más indecentes de los ambientes como el académico. Encontrarse en algún café, o en una plaza, con Samuel Beckett (“…recordé que durante nuestro primer encuentro, en la Closerie de Lilas, a principio de los años sesenta, me había confesado su gran cansancio, su sensación de que no podía sacarse ya nada de las palabras”) y conversar de todo, pero jamás de literatura. Luego intercambiar silencios por largas horas y quizás las más fructíferas para ambos. Conocer a un bisoño filosofo que lo inventó en España llamado Fernando Savater. Cuando Savater le comunicó que en el medio intelectual español era un filosofo inexistente. Cioran sonreído le dijo: “Estése tranquilo y por favor no los saque de su error”.

El libro que prefiero de Cioran es “Ejercicios de admiración”. Libro que recopila ensayos y retratos por escritores y poetas por los cuales Cioran sentía una absoluta inclinación. Raro en él que siempre quedó fichado como un amargo que despotricaba de todo y de todos. Su ensayo sobre Joseph Maistre es un ejercicio de admiración crítica llevada a sus extremos. Cioran pedalea furioso sobre ese camino sinuoso de la ideas reaccionarias de Maistre. Revisa con precisión de cirujano todos los tejidos de un pensamiento edificado desde lo reaccionario, desde el cinismo sin cortapisa. Maistre le permite dejarnos una lección: “No existe ningún movimiento de renovación que en el momento en que se aproxima a su objetivo, en que se realiza a través del Estado, no caiga en el automatismo de las antiguas instituciones, ni tome la apariencia de la tradición. A medida que se define y se precisa, va perdiendo energía; lo mismo sucede con las ideas: cuanto mejor formuladas estén, cuanto más explícitas sean, menor será su eficacia: una idea clara es una idea sin porvenir”.

Hasta a Borges le dedica un corto texto: “Siendo estudiante, tuve que interesarme por los discípulos de Schopenhauer. Entre ellos, un tal Philipp Mainhinder me había llamado particularmente la atención. Autor de una Filosofía de la liberación, poseía además para mí el aura que confiere el suicidio. Totalmente olvidado, yo me jactaba de ser el único que me interesaba por él, 10 cual no tenía ningún mérito, dado que mis indagaciones debían conducirme inevitablemente a él. Cuál no sería mi sorpresa cuando, muchos años más tarde, leí un texto de Borges que le sacaba precisamente del olvido! Si le cito este ejemplo es porque a partir de ese momento me puse a reflexionar seriamente sobre la condición de Borges, destinado, forzado a la universalidad, obligado a ejercitar su espíritu en todas las direcciones, aunque no sea más que para escapar a la asf1xia argentina. Es la nada sudamericana la que hace a los escritores de aquel continente más abiertos, más vivos y más diversos que los europeos del Oeste, paralizados por sus tradiciones e incapaces de salir de su prestigiosa esclerosis”.

Cioran puede ser considerado como un contrafilósofo y su comparación de la prostitución con la filosofía es magistral: “Carecer de convicciones respecto a los hombres y a uno mismo: tal es la elevada enseñanza de la prostitución, academia ambulante de lucidez, al margen de la sociedad como la filosofía Todo lo que sé lo he aprendido en la escuela de las fulanas, debería exclamar el pensador que lo acepta todo y lo niega todo, cuando, a ejemplo suyo, se ha especializado en la sonrisa fatigada, cuando los hombres no son para él sino clientes, y las aceras del mundo, el mercado donde vende su amargura, como sus compañeras su cuerpo”.

No le interesaban para nada los intelectuales o los literatos. Le gustaban las prostis, los reventados de la vida que vagaban sin rumbo fijo y los “clochards”. A su manera abreva de ellos para tener un sentido más vivo del pensamiento y las ideas abstractas. Siempre estuvo, según sus propias palabras escritas en su diario, “Ávido de exceso y herejía”. Escribió libros para no suicidarse. El sexo con prostitutas también le servía para retrasar la muerte.

Revisando sus retratos y fotografías se nota una frente surcada de líneas, ojeras sin arrogancia y una austeridad en el vestir que declaran su excentricidad sin algarabía. El cabello a veces alborotado y otras peinado sin rigor, cejas pobladas y labios finos. En su rostro hay como una desesperación oculta, a pesar de esto Cioran estaba fascinado con la vida de los otros, intrigado por esas existencias que discurren como si el universo (o las grandes preguntas) no existieran. En sus textos hay una monstruosidad exagerada, pero su vida austera en un breve piso en París lo devuelve a su esencia humana, sin alardes, sin pedantería debido a que pensar contra el pensamiento mismo es un lujo que poca gente puede tener. Una vez dijo que había escrito su primer libro para no suicidarse, de allí que su libros sean sólo una manera elegante de sacarle el cuerpo al suicidio. Empuñar la escritura como una pistola en la sien fue su manera de suicidar esas ideas edulcoradas y bobaliconas que tenemos de la existencia para llegar al otro día.

Elogio del libro difícil

anamaqui — 20-12-2009 GTM -4 @ 09:01

Carlos Yusti

"Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende".

Lichtenberg.

Un amigo poeta (además gran lector) me comentó que no existían libros difíciles, sino lectores difíciles. No obstante, hay libros que uno como lector voraz no ha podido pasar de ese lindero de la primera página. Las razones nunca son claras, pero lo extraño es que en el estante de muchas bibliotecas (de conocidos y amigos) debería existir un tramo en exclusiva para "Libros difíciles de leer".

Lo raro y patético es que el libro difícil viene precedido por el barniz de clásico imprescindible y por una fama cimentada por eruditos; además es infaltable en la lista de libros que cualquiera debería llevar a una isla desierta, a veces forma parte del canon particular de un escritor famoso. Otra característica del libro difícil es que su autor es un paradigma de la literatura universal. No haber leído determinado libro difícil, si uno se pretende escritor, es pasar por un ignorante con ínfulas.

Si se busca un ejemplo de libro fácil, en contraposición del libro difícil, los éxito de ventas (Best-Sellers) son la cantera principal. También tenemos las novelas rosa y en la que Corin Tellado es la madre superiora indiscutible. Entre los fáciles, escritos con buenos quilates de literatura, están los libros de Verne, los de Alejandro Dumas o Charles Dickens. Algunas novelas de Gabriel García Márquez, todo Paulo Coelho y un gran grueso de esa literatura de autoayuda que en verdad a quienes ayuda es a sus autores. Entre los difíciles se pueden mencionar el “Ulises” de Joyce, “Paradiso” de Lezama Lima, “El Quijote”, “País Portátil” de Adriano Gonzáles León, “Larva” de Julián Ríos, “El hombre sin atributos” de Musil, “Abralapalabra” de Luis Brito García, “Pedro Páramo” de Rulfo, “La Divina Comedia” de Dante, “Rayuela” de Cortázar, ágape se paga de William Gaddis y hay muchos más según lectores existen.

En mi paseo habitual por la Internet encontré un conjunto de escritores y escritoras que hacen un recuento de ese libro que no han podido leer. Algunos se van por el margen y otros más honestos confiesan su impericia lectora con algún libro. Me agradó la respuesta de Miriam Marinoni: "Confieso no haber podido leer nunca completico el Ulises de James Joyce. El mentado libro, famosísimo por cierto, me ha hecho sentir acéfala, por no decir idiota, en más de una oportunidad. Terminé confinándolo en algún estante oscuro y alto de los anaqueles de mi biblioteca para ni siquiera verlo, pues su sola presencia me daba escalofríos esquizoides y debía repetirme varias veces: no eres estúpida, tranquila, tu coeficiente mental es de lo más normalito".

Paulo Coelho es de la teoría que la culpa es del autor que en su pretensión de agradar a los críticos y demostrarles que es capaz de escribir bien y en profundo termina equivocándose. A la sazón trae a colación algunos ejemplos y Coelho escribe: "Susanna Tamaro había obtenido un inmenso reconocimiento del público (y una avalancha de ataques de la crítica) con Adonde el corazón te lleve. Su siguiente libro, Anima mundi, muy esperado por sus lectores, sustituyó la poesía sencilla y maravillosa del título anterior por una complejidad que le hizo perder a sus lectores fieles, y que tampoco logró agradar a los críticos".

Por supuesto, el Ulises de James Joyce es el ejemplo ideal de Coelho para reafirmar su tesis y en su libro “Zahir” deja de lado su bisutería espiritual para hacer un comentario irónico y despectivo: "Es un absurdo que Ulises jamás sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como obra maestra; tal vez sea la estupidez de los editores, dejando pasar la oportunidad de ganar mucho dinero con un libro que todo el mundo leyó y a todo el mundo gustó".

En lo personal hay libros que me han resultado cautivantes como las novelas de Samuel Becket “Molloy”, “Malone muere” y “El Innombrable”, no pecisamente fáciles de roer. También fueron para mi un paseo estival “Gargantúa y Pantagruel” y ni hablar de “Paradiso”. Lo que sucede es que no son novelas convencionales, emplean muchos recursos estilísticos para convertir la literatura en una inigualable fiesta del lenguaje y la imaginación. Por supuesto, existen libros que por inexplicables circunstancias se convierten en obstáculos insalvables. A pesar de ello, me parece absurdo recriminarle a determinado autor su trabajo complejo con las palabras. Willian Gaddis, un autor calificado de ilegible, lo que no impidió que se convirtiera en autor premiado y de culto, expresó en una entrevista que si el trabajo no le resultaba difícil sin duda hubiese muerto de aburrimiento.

Los libros complejos en su fondo y forma esconden entre sus páginas el trabajo implacable con las palabras. Cuenta Cortázar que escribir “Rayuela” le resultó una experiencia casi demencial, se adentraba tanto en la escritura que pasaba hasta 16 horas sentado a la máquina de escribir y su esposa era quien lo rescataba de aquel delirio creativo. Un buen libro es dejarse la vida a cada frase, a cada párrafo por respeto a los lectores y a la literatura.

Tenía un amigo que no comprendía mis textos, al parecer le resultaban rebuscados y un tanto enrevesados para él que no era un lector de larga distancia. Ante sus reproches me sentía culpable por no ser un Andrés Eloy Blanco del ensayo. El mejor argumento con respecto al libro difícil lo expresó el escritor António Lobo Antunes en una entrevista: "...leí Pedro Páramo cuando tenía 20 años y no entendí nada, a los 30 lo leí otra vez y tampoco entendí nada, después compré una edición crítica, y es que no entendía que todos estaban muertos y no tenía ningún sentido. No hay libros difíciles: hay lectores estúpidos, y yo fui un lector estúpido de Rulfo. Ahora lo entiendo y es una maravilla".

Un advenedizo llamado Balzac/Carlos Yusti

anamaqui — 05-10-2008 GTM -4 @ 11:04

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El escritor que imitaría sin contemplación alguna y el cual, de algún modo, constituiría, en mi museo personal de mitos, un ideal, una inagotable fuente de inspiración, podría ser Honoré de Balzac.
Si bien no el Balzac perseverante, obstinado, incansable y disciplinado escribiendo ( bajo el reclamo de deudas, acreedores y editores) una obra literaria profusa, y, que en muchas de sus páginas logró alcanzar, con indiscutible genialidad, una enorme versatilidad literaria y una grandilocuencia más realista que metafórica. No. Mi inclinación es por ese otro Balzac, quien a causa de un ansioso apetito se hizo de una adiposa contextura, de ese Balzac preocupado en ser un dandy, y, que debido a ello gastaba fortunas en llamativos trajes o lujos extravagantes e innecesarios; de ese Balzac que anhela por encima de todo tener éxito financiero, ser un burgués menos imbécil e insoportable que los burgueses caligrafiados en sus novelas o de la vida real, con los que se codeo siempre a distancia, debido a su origen plebeyo.
El ansia de riqueza y triunfo en Balzac fue una obsesión, por tal circunstancia se convirtió en una máquina de la creación literaria, en un empresario vital y derrochador para acceder al círculo de ricachones de los salones parisinos. Fue a todas luces un advenedizo jalonado entre el romanticismo y su profesión de escritor. Sus amores con damas distinguidas, bellas, ingeniosas y algo excedidas en edad fueron para el escritor peldaños en su paranoica carrera hacia la cúspide social.
La vida amorosa e intelectual de Balzac, intensa y siempre al borde de los ensueños, fue azarosa y caótica. Su obra, escrita con altibajos y en la madrugada bajos los efectos de muchas taza de café, constituye una metáfora estética, un pase de factura, de la sociedad de su tiempo.
Los primeros tanteos de su carrera como escritor fueron en extremo complicados. Su familia al enterarse sobre las intenciones del joven Balzac de consagrarse a la escritura desaprueba desproporcionada insensatez. No obstante ante la impetuosidad del joven le conceden un plazo para que demuestre si tiene aptitudes para la literatura.
El joven Balzac se muda a una buhardilla en París, con las privaciones de rigor dirige su energía juvenil y soñadora a escribir dramas. Piensa que el teatro es un medio fácil para hacerse de un nombre y por ende de algo de dinero. Se equivoca, su primer drama Cronwell, (un mamotreto conformado por quinientas páginas y en cinco actos) resultó un aparatoso revés. En alguna crítica de la prensa de ese entonces se aseguraba que el autor debía dedicar sus esfuerzos a otros menesteres, menos a la literatura. Por suerte Balzac se desentiende de las críticas adversas, tanto públicas como familiares, y para no contrariar más a su familia vuelve al hogar, no esta ni desilusionado, ni se siente fracasado.
En un segundo aliento retoma de nuevo la escritura, sólo que esta vez se inclina por la novela. Para ese momento la novela de moda en el gusto de la gente es aquella que narra historias truculentas y de horror, con veladas insinuaciones sexuales que oscilan entre lo patológico y esotérico. Balzac con ese olfato de advenedizo que siempre lo caracterizó redacta varias noveletas en ese estilo. Claro esta que dichas narraciones, publicadas bajo el seudónimo de Horace de Saint Aubin eran un tanto infames y descosidas en cuanto al estilo. A la par de escribir malas novelas y ansiar con pasión el éxito, realiza su primera conquista amorosa: Madame de Berny, a la que nuestro enamorado escritor denominará "La dilecta", mujer casada, y algo pasada en años, le va a proporcionar al novel escritor el aplomo necesario para que no desista en su empeño de "colearse" en los círculos sociales de prestigio. Hastiado de escribir novelas populares que no rinden la liquidez monetaria esperada, Balzac (ya tiene veintisiete años) adquiere una imprenta y comienza un trabajo anárquico de editar libros. Sus deseos de hacerse rico parecen aumentar con la edad. Cree con firmeza en lo que hace y por ese motivo se esfuerza con tremendo ahínco por convertirse en un editor de prestigio. Se esmera arduamente, pero fracasa: los libros se venden escasamente y como editor no puede cubrir los gastos que produce la empresa impresora. La deuda con los acreedores asciende a una cantidad aproximada de sesenta mil francos. Balzac imperturbable, a pesar de los apremios financieros, se concentra en escribir. Trabaja con un frenesí poco común y da punto final a lo que será su primera novela, "Los Chuanes", que firmará con su nombre. Esta primera obra, que ya contiene algunos elementos característicos del estilo a rajatabla de Balzac, es una crónica belicista con tintes románticos. El relato se va a vertebrar a partir de la sublevación de Bretaña y Normandía durante los años de la Revolución Francesa. El éxito comienza a tocar al impetuoso y envolvente escritor. Puede relacionarse a sus anchas con el zoo de nobles y burgueses en los salones parisinos.
Para poder asistir a dichos salones debe endeudarse con los sastres. Todo lo que ha ganado, o piensa ganar, ya lo debe. Viste con gran pompa: usa guantes amarillos, bastones con empuñaduras de oro y marfil, camisas de seda. Su conversación locuaz e inteligente le gana rápida admiración y hace olvidar a sus contertulios su estirpe bizarra y su gordura poco elegante. Si para estos ricachos de salón Balzac resulta un tipejo peculiar, para él ellos representan especimenes ideales para sus novelas. Más que compartir con ellos el escritor los estudia, se los aprende de memoria y luego los traspapelas en sus narraciones con un virtuosismo/verismo implacable.
La vida social de Balzac es intensa, cuestión que en lo absoluto no le impide publicar novelas cortas con relativa frecuencia para distintos periódicos de la ciudad. Escribe de noche sin descanso y en 1813 obtiene un éxito indiscutible con "La Piel de Zapa", novela corta donde lo fantástico se interacciona con una sarta de reflexiones filosóficas. Esta novela le proporciona algún dinero, que ya adeuda como era de esperarse, y un gran nuevo número de lectores.
Su vida amorosa también sufre algunos vaivenes. La dilecta; es sustituida por la duquesa de Abrantes, otra dama algo ajada por los años, pero que le introduce por la puerta de enfrente de los salones más importantes de un París mortalmente frívolo y donde el gusto era por esos días chirriante y fachoso. Esa capacidad de conversación libresca, combinada con su atuendo ostentoso y de rebuscado lujo, del que todavía no ha pagado ni la primera cuota, permite a Balzac desenvolverse bien en un mundo de persona con títulos dinásticos y altamente creída. En uno de estos lujosos salones conoce a la condesa Eveline Hanska, la cual con el transcurrir de los años se convertirá una ferviente protectora. Así mismo tiene lances sentimentales con Sarah Frances Lowell, Hane Disby y Lady Ellenbaroug.
Subrayamos estos primeros tanteos amorosos del escritor para recalcar su nítido sentido del negocio del arribismo. No obstante tan vital y desprejuiciado como era sintió por estas mujeres de edad un sincero amor. Al final de los días de Balzac la Condesa Hanska consintió en casarse con él por lastima. Le sobrevivió treinta y dos años. Pagó las innumerables deudas que el escritor no pudo cancelar.
Esta conducta amoral de Balzac esta plenamente justificada si se toma en consideración que el hombre era un personaje del montón, un tipejo pedestre, vulgar y su prosa era un poco como su personalidad, es decir carente de toda elegancia, algo tosca y con más imperfecciones sintácticas y estilísticas de lo que se cree. Su falta de refinamiento, su carencia de una sintaxis educada se perciben en su trabajo literario. Sin embargo todo ello no fue obstáculo para que su arrebatada y verbosa fecundidad expresara con talento un buen número de sentencias y apotegmas que crecen en sus novelas como la mala hierba. Balzac pregonaba: "El protagonista de mi obra es la sociedad francesa, y yo no actúo sino como secretario".
Oscar Wilde dijo: "La muerte de Lucien de Rubempré es el gran drama de mi vida". Rubempré es la imagen contraria a ese incomparable e inescrupuloso arribista como lo es Eugenio de Rastignac. La clave de todo la ha escrito estupendamente William Somerset Maugham: "Balzac tenía una notable preferencia por Rastignac. Le proporcionó un origen de noble cuna, buen aspecto, encanto e ingenio; y además lo hizo intensamente atractivo para las mujeres. ¿Sería caprichoso sugerir que tuvo en Rastignac al hombre por el que hubiera dado todo por ser, salvo su fama? Balzac adoraba el éxito. Es posible que Rastignac fuera un bribón, pero había logrado hacerse de una posición. Es cierto que su fortuna fue `producto de la ruina de otros, pero fueron tontos al dejarse embaucar por él, y Balzac no tenía poco estima por los tontos. Lucien de Rubempré, otro de los aventureros de Balzac, fracasó porque era débil;...".
Rastignac era un poco Balzac, o al menos el personaje tenían bastante de su personalidad. Ser un arribista social y buen escritor son cuestiones que nunca se dan juntas, sin embargo en Balzac se complementaron con equilibrado estilo. Luego en la literatura han aparecido muchos advenedizos. Ninguno con la capacidad creadora de Balzac.

La máquina de escribir, la bicicleta y una revista

anamaqui — 05-10-2008 GTM -4 @ 10:51

Editar una revista es una experiencia extraña. No es una actividad que te lleva al orden, sino que te conduce a instalarte en un apremiante caos, en esea anarquía azarosa de las palabras. La ironía, el escepticismo ayudan para que ese caos se torne en algo coherente, digno de llamarse literatura y oficio de escritura. Fuera de la revista todo tiene ese sabor lento y ese aroma de rutina aprendida y sin sobresaltos.

Cuando se edita una revista se quiere estar en la foto desenfocado, movido. Desea uno volarse las etiquetas, marcar pauta y no debido a que nos sobrestimemos, sino que nunca subestimamos el poder de las palabras. No es casual que nuestro presidente no pierda oportunidad para realizar alocuciones públicas que atentan contra el tiempo y la paciencia del respetable. Tampoco es casualidad que Don Quijote sea más real que su autor Miguel de Cervantes. De igual modo al escritor Sir Arthur Conan Doyle le preguntaban por Sherlock Holmes como si se tratara de una persona real e incluso recibía más cartas que su creador. También los indígenas Pemones emplean creaciones orales llamadas Tarem para detener un aguacero torrencial, curar un enfermo, cazar una buena presa o voltearle el corazón a una mujer para que sea más sencillo conquistarla. Como ven subestimar la capacidad creadora y transformadora de las palabras no es asunto baladí.

He participado en varios proyectos de revista y ninguna se parece a otra. Al parecer no existen recetas, ni algún tipo de manual. Al final hay que apañársela en solitario. Si me preguntan que es una revista, no sabría que respuesta ofrecer. No obstante tengo para mí que una revista es un artefacto literario que se puede leer en el autobús, en algún café, en una antesala, con ruido de fondo, todo lo contrario a un libro, al que tiendo a creer que se lee rodeado de tranquilidad y silencio.

Una revista se estructura en el día a día y aunque se hace en solitario todo desemboca en un esfuerzo colectivo. Obvio agradecer a nuestros colaboradores: José Miguel Piedra lexicógrafo, que es algo así como un cartógrafo de las palabras, Leonardo Rodríguez locutor y cuya oralidad se traspapela en sus textos, Juan Guerrero ensayista, poeta, profesor y erotómano en sus ratos libres, Pamela Astudillo periodista con alguna licenciatura en letras, Elinor Herrera, profesora con una suficiente dosis de ironía destilada en sus escritos. vil

Ninguno es un escritor profesional, en el sentido estricto del término; pero van al papel (o a la pantalla del computador) a tipear la anatomía de sus experiencias espoleadas por la cotidianidad punzante y viva. Columnistas todos intentando que el alma quepa en 2000 caracteres con la suficiente holgura para que el lector pueda descubrir en ese breve espejo de palabras que las pasiones humanas, nobles o viles, son los engranajes de este mundo.

Un columnista está a medio camino entre el articulista de prensa y el ensayista, es un escritor que trabaja la actualidad desde su presión sanguínea particular por eso a veces los textos tienen ese tono melancolizante, ese aire repentino, esa inflexión irónica, callejera, pero nunca beata ni profesoral. Los columnistas no enseñan nada, pero el lector aprende mucho. Cada quien en su estilo sin dejarse limitar por los géneros por aquello escrito por Francisco Umbral: “El género atrapa, ciñe, esclaviza. El estilo, libera e iguala. Cuanto más estilo, menos género”.

Por supuesto los anunciantes son claves en el momentos de los balances y las cuentas por pagar. Luego vienen los amigos y los lectores que merodean por este artefacto literario a ver de que va ese rollo de las palabras en papel costoso y pagano.

Mi primera bicicleta se la compró mamá (Carmen Elina) a unos ladronzuelos frotaesquinas del barrio que la estimaban mucho porque ella les domesticaba el hambre algunas veces. Mi primera máquina de escribir portátil fue un obsequió de mi hermana mayor Miriam. Tecleaba con una mano tratando de aprender el oficio de escribir y no de ser un mecanógrafo eficiente. Leyendo a los clásicos aprendí algunos trucos de los cuales me valgo para terminar una página. Menciono esto de la bicicleta y la máquina de escribir para enfatizar la importancia de las mujeres en este destino insólito de la escritura.

Algunas mujeres (Virginia Gudiño, Josfel Romero, Maridée Muñoz) traman conmigo este proyecto de Fauna Urbana y como habrán podido deducir yo no dirijo gran cosa y más bien me dejo llevar por el metal dulce de estas mujeres a las que he tratado de echar a perder con mi manual de cinismo desplanchado, pero ellas también andan a sus aires tratando de sacarle cadencia a las palabras, de imprimirle esa dulcelumbre e iluminar esta andanza azarosa de editar una revista. Con ellas he aprendido trucos nuevos y he tratado de devolverles el favor enseñándoles mis malas maneras a la hora de escribir. Por supuesto mi mujer Ana María es cómplice de mis peripecias con estas mujeres y se lo agradezco.

Otro socio y aliado de Fauna es Saúl García. Nuestros oficios se parecen. Se lee con los ojos. Se toman fotos con los ojos cerrados y con el corazón abierto. Miramos distintos, pero la fotografía es también una escritura. Otros aliados son Jesús Bernuy y la diseñadora designada Desiree Galindo. Ah y por supesto a nuestro caricaturista Edgar Osto. Gracias por el apoyo.

Yo que a veces ceno calle y suburbios ( con Federico, Arévalo y Juan) en mal estado, que he leído mucho y estudiado poco, que bebo y tengo otros malos hábitos, trato de ser consecuente con mis fantasmas y a veces pedaleo en esa vieja máquina de escribir que me regaló mi hermana, o escribo encaramado en esa bicicleta de la metáfora para hacer de este oficio de la escritura jugando al hallazgo inesperado de las palabras convertidas en música en el papel.

La suerte del Alma llanera ha sido cambiante como el sempiterno autor de su letra: Rafael Bolívar Coronado. La canción, que formaba parte de una zarzuela criollista en un cuadro, se convirtió en el segundo himno nacional. Ha sido interpretada y coreada a lo largo de Latinoamérica hasta la saciedad y en cada interpretación se le ha incorporado nuevos acordes e incluso tergiversado su letra original. En nuestro país se le utilizó por un tiempo como conclusión abrupta de cualquier fiesta; era la manera elegante y un tanto venezolana de mostrarles la puerta a los invitados.

El destino de su autor también ha sido caprichoso. Rafael Bolívar Coronado fue un escritor con un innegable talento, no obstante su vida ladeada hacia el desparpajo y la trampa lo ha fichado para la posteridad como un zángano de las letras, especie de autor de segunda mano que utilizó más de seiscientos nombres diferentes para firmar sus escritos. Fue un indiscutible truhán que sin escrúpulo alguno se valió de los nombres de algunos autores consagrados para presentar textos suyos. Jamás se detuvo en consideraciones éticas al momento de engañar y timar en su buena fe a lectores y editores.

Rafael Bolívar Coronado.

Escribió muchos libros y ninguno, tuvo buena cantidad de nombres y ninguno. Para Coronado el acto de escribir no fue ni por asomo una forma de alcanzar la gloria o el éxito intelectual, fue si se quiere un medio para subsistir y sufragar sus gastos primarios. Nunca estuvo preocupado de la obra, ni de la inmortalidad, sólo estaba a contrarreloj para conseguir algunas monedas y “quitarle la telaraña a las muelas”, según sus propias palabras.

Hay dos libros imprescindibles para conocer de cerca a Coronado: “El hombre que nació para el ruido” de Oldman Botello y “Un hombre con mas de seiscientos nombres” escrito por ese historiador, filósofo, ensayista, catedrático e increíble bibliófilo como lo es Rafael Ramón Castellanos.

La vida de Rafael Bolívar Coronado estuvo estrechamente unida a la literatura y quizás este hecho le salva de toda su irresponsabilidad intelectual, le convierte en un autor idóneo para la postmodernidad debido a que no respetó ni a escritores y mucho menos sus obras, despojó al quehacer literario de toda su pompa circunspecta, de todo ese boato de clasicismo formal. Coronado fue una personalidad artística, psicológicamente no del todo equilibrada, que invirtió sus mejores esfuerzos en ser un escritor a tiempo completo. Jamás dudó en ejercer otro oficio que no fuese el de escribir. Que estaba loco nadie lo duda. Que todas sus trampas, triquiñuelas y estafas estaban justificada por el hambre.

Si se puede esgrimir un alegato a su favor sería su proverbial destreza para elegir nombres y su especial caradurismo para asumir el trabajo literario: a destajo y sin tiempo. Como alegatos en contra se podría esgrimir la forma despiadada para atacar a sus adversarios y enemigos a través de su escritura. Su sentido amoral para usurpar los nombres de otros escritores y endosarles sin empacho sus propios escritos por el simple hecho de ganar algunas monedas. Esta actitud pesetera nada tiene que envidiarle a muchos de sus contemporáneos quienes como prostitutas aceptaban embajadas o altos cargos en el gobierno. Por lo menos Coronado iba a sus aires y escribía aquello que más le resultaba y lo que le provocaba en ese momento.

A Coronado puede que lo salve su humor. Se burló a placer de sí mismo y de todo un medio intelectual acartonado y con ínfulas de gloria, premios y plazoletas. Él bajó de su pedestal bostezante la profesión literaria y nunca estuvo interesado en ser un escritor de oficio con una obra elaborada para llenar anaqueles. Estuvo preocupado por convertir la profesión de escribir en una temeridad desgarrada y risueña. Ese sentido de anonimato que imprimió a su trabajo (oculta con tantos nombres posibles) dice mucho de un escritor cuya necesidad parece ser sacar a luz lo escrito. No quiso escribir para la gaveta, sino para los lectores en el ardiente presente.

Sus inicios como escritor se remontan a su Villa de Cura natal en el Estado Aragua, en un semanario del que era cofundador. Después sus colaboraciones llegaron a prestigiosas publicaciones de la época como “El Cojo Ilustrado” y “El Nuevo Diario”. Por un tiempo merodea por Caracas desplegando una actividad literaria prolífica. Escribía para distintos diarios y revistas como “Horizontes” de Ciudad Bolívar y Aten as de la capital.

En Caracas como buen conversador y charlatán amplia el campo de sus amistades literarias y militares. De pronto se encuentra en la plana mayor de los adláteres al régimen gomecista. Anda en estas malas compañías hasta el año 1913. De regreso a Villa de Cura reflexiona y escribe sobre su peripecia como militar agregado que pueden leerse en “Memorias de un semibárbaro” . Para el año de 1914 vuelve a Caracas y se desempeña como colaborador y redactor de la revista “Atenas”. De igual modo escribe para otros diarios y se desempeña como educador en una escuela municipal. Para el 19 de septiembre de ese mismo año se estrena la zarzuela, en un acto y tres cuadros, “Alma llanera”. La letra es de Coronado, la música pertenece a Pedro Elías Gutiérrez y es llevada a escena por la compañía de Matilde de Rueda.

Antes del estreno de seguro Coronado estaba hecho un amasijo de nervios. Como pudo aguantó hasta casi finalizada la obra y luego abandonó la sala. La obra fue un éxito y el público pidió la presencia del autor. Luego explicaría a sus amigos sus razones: “Me fui porque me imaginé que el público me iba a silbar”. Este miedo al fracaso quizá lo llevó a ocultarse siempre para escribir.

La canción principal de la zarzuela es tarareada en todas partes. Coronado y Gutiérrez deciden presentar la obra a un público más selecto. La suerte del Alma llanera estaba escrita; se convertirá con el tiempo en el segundo himno de Venezuela. Coronado tuvo sentimientos contradictorios con respecto a los versos de la canción y en un artículo llegó a escribir: “De todos mis adefesios es la letra del Alma llanera del que más me arrepiento. En efecto. Es ésta mi página dolorosa, el hijo enclenque de mi espíritu, la cana al aire, la metida de pata”.

Para el año 1915 aparecen las bases de los primeros “Juegos Florales de Venezuela” y unos meses más tarde el jurado para la categoría cuento estará conformado por José Gil Fortoul, J. M. Herrera Irigoyen y Jesús Senprum. El cuento premiado es “El nido de azulejos” de Coronado. A pesar de estos aparentes triunfos el escritor aragueño parece no estar satisfecho y su espíritu inquieto lo impulsa a probar nuevos aires. Realiza trámites y obtiene los beneficios del gobierno para viajar a España. Ya en tierra española se convierte en un agente de perturbación política contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.

En Madrid sin oficio conocido y vigilado por los funcionarios de la embajada contacta con el poeta Francisco Villaespesa. Con un legajo de cartas de recomendaciones y mentiras embauca al poeta y director de la revista “Cervantes”. Villaespesa para ayudarlo y lo agrega a la plantilla de su revista como corrector. Aunque Coronado no sabe un ápice sobre la corrección de textos acepta el trabajo.

La revista se edita y por supuesto los errores, gazapos y erratas son abundantes, sin mencionar el hecho que algunos escritos son de Coronado con el nombre de insignes escritores hispanoamericanos. Estalla el escándalo y se traslada a Madrid.

Otra vez sin dinero y con el apremio del hambre encuentra una oportunidad de oro para utilizar su ingenio cuando se entera que un compatriota suyo Rufino Blanco Fombona necesita manuscritos para inaugurar la “Editorial América” y una de cuyas colecciones estará dedicada a la historia colonial.

Coronado se hace pasar por copista de unos manuscritos que reposan en la Biblioteca Nacional de Madrid. Los autores de dichos manuscritos de la colonia son: Maestre Juan de Ocampo, F. Salcedo de Ordóñez, Mateo Montalvo de Jarama y algunos otros. El copista obtiene el vil metal por sus servicios lo que permitirá subvivir algunos meses. A la par de estos “trabajos literarios” de calderilla escribe artículos para distintos periódicos en los cuales denuncia el gobierno de mano dura de Gómez y no por capricho uno de estos textos lleva por título “Gomezuela”. Esto vuelve a desatar las pasiones políticas de rigor.

En estos días convulsionados algún sabelotodo entrometido (que nunca falta) descubre graves fallas gramaticales en los textos de historia colonial. Los encargados de la Editorial, con Blanco Fombona a la cabeza, buscan desesperados en la biblioteca los originales y descubren la estafa.

Blanco Fombona además de escritor y editor era un hombre de malas pulgas y armado que no se andaba con sutilezas literarias a la hora de resolver conflictos. De seguro tenía una bala con el nombre de Coronado, pero no pudo encontrarlo. Ante tal disyuntiva optó por publicar un libro inédito del estafador: “Memorias de un semibárbaro”. Hacer publicar dichas memorias era un poco desenmascararlo y desacreditarlo en todo sentido.

Coronado sobrevive a duras penas con las colaboraciones a distintos diarios y empleando distintos nombres que según la cuenta de Rafael Ramón Castellano sobrepasa la cifra de seiscientos nombres. Por fin se le ocurre la idea de las antología de poetas latinoamericanos.

El editor Ramón Sopena compró varias de estas colecciones. Como era lógico Coronado ensamblaba dichas colecciones en cuestión de semanas y si le faltaban poetas o poemas los inventaba de manera inmisericorde.

Una de las situaciones más ilustrativa de este pícaro redomado involucra al poeta Andrés Eloy Blanco, quien con su libro “Canto a España” obtuvo un prestigioso premio en metálico. Antes de la llegada del poeta cumanés Coronado hace su tarea. Se dedica a escribir loas rimbombantes a la poesía y persona del poeta. Con paciencia premeditada guarda los recortes de prensa. Coronado remite al hotel donde se aloja el poeta laureado los recortes de prensa y su dirección. Pasan algunos días y no obtiene ninguna señal. Urgido de dinero le envía un telegrama urgente: “Andrés Eloy eres un Astro. Los Astros giran. Gírame algo”.

A pesar de toda su trágica y precaria existencia Coronado no pierde el pulso para ser irónico y esto si se quiere le salva, lo devuelve a nuestros días irremediablemente vivo y quijotesco. No sin razón el escritor peruano Fernando Iwassaki escribe: “Entre los impostores y falsarios de la literatura, el venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) merece un lugar de privilegio al lado de George Psalmanzar y James MacPherson, aunque haciendo hincapié en que Bolívar Coronado escribió su obra apócrifa en el siglo XX y no para halagar su vanidad o conseguir más poder, sino para llegar a fin de mes”.

Coronado escribió mucho y su obra es tan dispersa y caótica como su vida. Escribió de todo e incluso pergeñó una biografía de Lenin en un momento en que este personaje daba sus primeros pasos por la alfombra roja de la historia.

Rafael Bolívar Coronado estaba loco y su locura fue escribir en un tiempo en el cual los escritores estaban interesados en formar parte del decorado del poder como funcionarios o asesores. Con su vida ha escrito la página literaria más fantástica, estrafalaria y vigorosa de nuestro país. Arrojó por el desagüe de la trampa y el heterónimo el prestigio de ser escritor. Quizá dilapidó su talento literario tratando de convertir el hecho de escribir en una actividad perdida en el tumulto de lo común. Coronado como ningún otro descubrió que el escritor es sólo un ídolo con pies de barros y cuando la literatura se torna un eco insoportable de nadería ególatra pensemos en su peripecia intelectual, en sus trampas y en su aventajado lirismo de tener la literatura como un medio y no como un fin en sí misma.

Félix E. Bigotte/Carlos Yusti

anamaqui — 09-09-2008 GTM -4 @ 18:37

En algunas circunstancias extrañas hay individuos que no calzan en su época y que a pesar de sus capacidades intelectivas no reúnen méritos suficientes para brillar e incluso se da el caso que ni el talento, ni la genialidad parecen ser suficiente para que destaquen en el universo del arte o la literatura. Un ave negra de fatalidad y oscuros augurios parece rondar la vida de contado números de seres tocados por la luz intensa del genio. El manicomio, la cárcel, los basureros y los suburbios están llenos de ellos. En los altos cargos gubernamentales y las posiciones más paradigmáticas de nuestra sociedad pastan abúlicos los mediocres, desalmados y pusilánimes.

La suerte de Félix E. Bigotte (músico, escritor, impresor, periodista. políglota y un variado etc.) fue caprichosa/escabrosa. Siempre estuvo consiente de sus posibilidades y pensó en grande. Con él nada de proyectos liliputienses. No. Lo suyo era por todo lo alto y aunque muchos de sus planes fueron fallidos tuvo la capacidad de soñarlo con rimbombante amplitud. De igual modo sus libros también tuvieron su impronta característica: la desmesura. Félix E. Bigotte es un erudito fascinante y Francisco Javier Pérez con su libro “El sabio en ruinas” intenta traerlo del olvido y develar a un hombre cuyo talento musical y pasión ilustrada era insólita, pero carnalmente real. Un hombre que a pesar de su inteligencia nunca engranó en su tiempo y al parecer la Caracas de su momento no estuvo a su altura, no tuvo la capacidad necesaria para sus excesos vuelos del intelecto.

El libro de Francisco Javier Pérez descubre al hombre, al sabio y al erudito quien entremezcló su amor por la sabiduría con su terredad mundana y silvestre. Existen muchas facetas en Bigotte. Así tenemos al músico, ejecutante del violín y compositor. Está el periodista algo peculiar y su periódico “Indu-Americano” escrito en varios idiomas. También tenemos al polemista encarnizado y su “Libro de oro” que lo conduce directo a involucrarse en la política nacional. Tenemos al sabio que ya retirado de las ebulliciones sociales y políticas se dedica en frío a la escritura. Preocupado por su obra se dedica a la concreción de la Gramática Latina comparada con diez idiomas y conformada por diez tomos. Otros proyectos perdidos o quizás apenas esbozados fueron “Historia filosófica de Venezuela” y “Teoría e Historia de la Música”.

Hay un capítulo titulado “La conspiración del silencio” en el cual se analiza ese ruidoso manto de olvido arrojado en torno a la obra de Bigotte. Javier Pérez escribe: “Prodigioso y lastimoso por partes iguales, Bigotte va a producir la revisión más enciclopédica y dispersa de la que se tenga memoria en los espacios sin memoria de la sabiduría venezolana”.

La vida de Bigotte está marcada por dos hechos significativos y tan desmesurados como sus programas intelectuales. El primero tiene que ver con la demanda de divorcio interpuesta por su esposa Concepción Gonzáles. Se le acusa, según el mismo Bigotte refiere, de inconstancia en los afectos, libertino, desarreglo y cruel verdugo de una pobre victima. Ante estas acusaciones nuestro genio contraataca y publica un libro, “Estrados, por Félix E, Bigotte, en el juicio de divorcio que sigue con Concepción Gonzáles”. Su alegato sólo busca para dejar en alto su nombre, pero a pesar de todo pierde el caso. La demanda de divorcio es declarada con lugar por “excesos, sevicia e injusticia”. El otro hecho tiene que ver con su actividad como polemista. La publicación del “Libro de oro” lo situó en el ojo del huracán político. Francisco Javier Pérez acota: “Hasta el presente, este texto de naturaleza política y económica, obra de denuncia y asesinato del prócer federalista y, más específicamente, formulación de acusaciones sobre corrupción por los beneficios que Guzmán Blanco obtiene en las negociaciones en torno al empréstito británico del año 1864,…” Estos dos hechos fueron claves en la vida de Bigotte. Vencido tanto en la política como en los tribunales busca darse un respiro para concentrarse en su obra. Como todo espíritu humanista se enfrentó al poder y al final tuvo que claudicar. En una entrevista Francisco Javier Pérez asegura: “Tanto el intelectual como el científico tropiezan con las barreras o las alcabalas del Poder, chocan con el muro de las ideologías y en eso se presenta o surge, lo que yo llamo, ‘la solución Bigotte’; la cual es que después de fustigar al Poder se da cuenta que debe devolver la película, desdecirse, tal como sucedió con Bigotte en el siglo XIX, para conseguir ‘la gloria’, o sea becas, premios o pensiones de jubilación. Eso ocurrió con Bigotte, quien tras de adversar a Guzmán Blanco pidió perdón, se comió públicamente unas paginas de El libro de oro y en recompensa hasta senador lo nombraron. Pero eso de nada le sirvió, porque vino una conspiración del silencio y murió solo, pobre y en la miseria. A mí me resulta muy doloroso el caso de Bigotte y creo que hay que ver más allá de la anécdota histórica del personaje”.

El libro de Francisco Javier Pérez sobre Bigotte es el encuentro con un personaje inverosímil. Bigotte pudo haber sido nuestro clásico, pero sus monumentales obras se perdieron o no las escribió nunca, pudo haber sido nuestra referencia de polemista ilustrado, pero al final se retractó de lo escrito y la escritura no perdona traiciones de ninguna naturaleza. Bigotte pudo haber sido muchas cosas, pero se quedó en genio malogrado, en sabio a medio hacer que hoy es esencial por la desmesura, por ese perfil ficcional que posee, un escritor que parece un invento de un país desatento y descuidado con su memoria histórica.

EXPULSADOS DE LA REPÚBLICA/ Carlos Yusti

anamaqui — 09-09-2008 GTM -4 @ 09:27



Cuando algún joven se me acerca con un fajo de manuscritos y asegura que ha escrito una buena cantidad de poemas enseguida pienso: “Otro cuerdo en este manicomio voraz que es el mundo”. También me digo con ironía “Un cura o un militar menos”. La poesía es todo lo contrario al dogma y a lo uniforme.

La literatura, que muchas veces es el espejo de nuestra locura mundana y colectiva, retrata con una lógica pavorosa nuestra demencial manera de vivir.

En la obra Calígula de Albert Camus, el desaforado emperador hace comparecer a su ministro de finanzas y le pregunta: “¿Qué es más importante; la vida o  las arcas del estado?”. El funcionario sorprendido por la pregunta, y quizá pensando en su cargo, dice sin titubeos que las arcas. Entonces Calígula ajustándose a esa fría lógica decreta asesinar a todos aquellos acaudalados ciudadanos, no sin antes hacerlos firmar un testamento donde dejan todos sus bienes y posesiones al estado o en todo caso al emperador. El Ministro quiere protestar y argumenta sobre la vida de muchos de sus amigos, pero Caligula le recuerda que la vida no es importante, que lo vital son las finanzas para que el estado sobreviva.

El Quijote tiene muchos pasajes ilustrativos de la locura goteando implacable en la cotidianidad, pero el de Sancho gobernador es emblemático. Cuando Sancho es nombrado gobernador de la ínsula de Barataria expresa con todo su asilvestrada filosofía: “Señor, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado”. Sancho que era un glotón redomado piensa que el cargo le proporcionará comidas y viandas inimaginables. La comida en grandes proporciones bien vale el sacrificio de  convertirse en gobernador de la nombrada ínsula.

Ya investido en su alto cargo de los esplendidos manjares imaginados no ve ni rastro. El doctor Pedro Recio le tenía una dieta estricta al pobre gobernador aduciendo: “que los manjares pocos y delicados aviban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas contituídas en mandos y en oficios graves,...”

Esto de Sancho como gobernador se traspapela con nuestra realidad política en la que muchos de nuestros conciudadanos se desviven por ocupar cargos públicos,  quizá pensando en las viandas y en otras prebendas por el estilo. Don Quijote le dice a Sancho que mandar es sabroso y que después que se prueba una vez se quiere repetir siempre.

En Alicia en el País de las Maravillas lo absurdo e irracional se pronuncia bajo una lógica más risueña, pero tan feroz como el Calígula de Camus. El pasaje más significativo es “Una merienda de locos” en el cual hay unos personajes bastante peculiares: El sombrero loco, la Liebre de Marzo y un hurón. El Sombrero convierte la merienda en un acto demencial de insolidaridad y de la más egoísta y ególatra conveniencia. El Sombrero sólo busca su beneficio personal en algo tan intrascendente como una merienda con te. En la segunda parte de las historias de Alicia el Sombrero es encarcelado y esta vez la locura alcanza una especie de justicia poética/patética, ya que es detenido por un delito que no ha cometido y que a lo mejor ni llega a perpetrarlo.

Los poetas (sean de izquierda, centro o derecha) siempre han tenido mala prensa. Por lo general se les ha visto con insana ojeriza. El caso más lamentable es el protagonizado por Platón, quien en su libro La República escribe: Si se presenta un poeta en nuestra ciudad ideal nos inclinaremos ante él, pero con gentileza le señaleremos la puerta.

Por supuesto el pasaje transpira una ironía cortante sin parangón en los anales de la filosofía. Desde que Platón le enseñó la puerta de salida a los poetas de su República utópica  se erigió un muro entre las aspiraciones pragmáticas del poder y las propuestas intangibles del arte y la literatura.

Platón para exiliar a los poetas se vale de tres objeciones más o menos fundamentadas. La primera es que el poeta se apertrecha en los vuelos de la imaginación para crear otra realidad. El segundo planteamiento platónico es que el poeta habla desde la emoción y la sensibilidad. En el tercer alegato Platón aduce que el poeta es un gran falsificador, un pillo que falsea la naturaleza de los Dioses y de los héroes. Esto último sin duda lo más grave y perverso.

Esta primera querella abierta contra los poetas lejos de acabar se ha matizado con los siglos, pero los poetas para muchas personas continúan siendo bichos extraños que van a sus aires por la vida, seres que no están domesticados del todo y que prosiguen hablando/escribiendo desde esa estupidez suprema de la emoción, que siguen cual quijotes dejándose llevar por sus ensoñaciones imaginativas y que todavía no respeta ni dioses ni héroes, o sea, todo un caso perdido.

Estoy convencido, y aquí es necesario a parafrasear a Savater, que todos nacemos poetas, pero de manera gradual las circunstancias, los familiares, los amigos, los maestros y profesores nos van convirtiendo en gente útil y de provecho.

Hace poco el premio Nobel de Literatura Derek Walcott grito en un encuentro público: “¡Debo decir que lo que está sucediendo en Estados Unidos es indignante: sus poetas están ignorando a la gente, están evadiendo la realidad, no están respondiendo a la responsabilidad social que tenemos los poetas. Están demasiado absortos en sí mismos. Su ego imperial les estorba para hacer caso de la realidad y no hablan de las cuestiones importantes que están sucediendo de espalda a la gente, como la guerra en Irak, la pobreza y la hambruna. Y digo esto en particular porque Estados Unidos es un imperio y somos los poetas que habitamos ese imperio los primeros que debemos criticar precisamente a ese imperio!”.

El reclamo de Walcott es a los poetas no a la poesía, es a esos hombres y mujeres que escriben poemas y no asumen ningún tipo de responsabilidades ciudadanas. Como ven los reclamos y las querellas contra los poetas con el tiempo adquieren otros matices.

En lo particular descreo mucho de esos poemas que hablan de revolución, libertad, solidaridad y justicia. Ya se sabe el papel tiene un capacidad de resistencia poco común, no obstante todo esto posee otras lecturas. No me convence mucho el poeta bohemio que convierte su errancia por barras y botellas en su postura contra el status burgués. Por mucho tiempo en nuestro país los poetas se agruparon en peñas, grupos y repúblicas para aislarse de forma pública del acontecer político y cultural. Los poetas están para eso y mucho más.

El escritor como ciudadano que participa en los asuntos públicos no siempre da en el blanco y en muchos casos se encuentra aupando proyectos sociales, e incluso partidos, que poco tienen que ver con el espíritu. Algunos poetas pronto encuentran su lugar y están a sus anchas en ese rol de funcionarios para determinado gobierno; otros son sólo parte del mobiliario de las oficinas de cultura hasta terminar haciendo juego con las cortinas y la alfombra. Los hay que agarran sus maletas buscando aires menos viciados y están esos poetas que siguen entre las piernas de la musa sin reparar en el mundo y sus estremecimientos.

A los poetas como se les tiene tachados de parásitos se le conmina para que hablen, para que se conviertan en la voz cantante de la denuncia libertaria y justificar en algo tanta vagancia etílica.

En la segunda parte de sus memorias, titulada Tierra, tierra!, el escritor húngaro Sandor Marai relata sus sinsabores bajo el régimen comunista entre 1944 y 1948, el año en el cual decide exiliarse. Su justificación es peculiar y contundente: “En este punto comprendí que tenía que irme del país, no sólo porque no me dejaban escribir libremente, sino en primer lugar y con mucha más razón porque no me dejaban callar libremente”.

Abogo no porque nos libremos de los poetas malditos, sino de esos malditos poetas que han convertido la cursilería revolucionaria en bandera, de esos malditos poetas que se rasgan las vestiduras por las utopías a media calle y en el fondo son unos conservadores solapados de esas repúblicas platónicas edificadas con el sudor de los esclavos. Platón jamás consideró que la esclavitud fuese un mal necesario, sino que para él ese engranaje de esclavos y amos era lo más natural de mundo. En ese trance a los poetas les daba por cantar la igualdad de los hombres y cuestiones pías por estilo.

Santiago Kovadloff ha escrito: “Desde Platón en adelante, los poetas no han sido, para muchos, otra cosa que mentecatos; seres -la etimología es diáfana- cuya cabeza está tomada. Cuando alguien no sabe qué dice o dice tonterías, suele afirmarse que es un mentecato. También el sentido común ve en el poeta a alguien cuyo entendimiento de las cosas no guarda relación con la realidad. Y el autoritarismo, por su parte, no tolera este alejamiento de lo que él ha decretado como verdadero, motivo por el cual en menos que muy poco estima el valor de la poesía y no vacila en perseguir a sus oficiantes”.

La poesía no puede salvarnos de la locura que hierve alrededor, pero puede devolverle a los individuos un poco de esa belleza implacable de la lucidez y espiritualidad para batallar contra la locura orquesta desde el poder y dejar al descubierto su rostro horrendo. Alberto Mengual ha escrito: “No podemos obligar a los seres de carne y hueso sentados a la mesa del Sombrero Loco—los líderes militares, los torturadores, los banqueros internacionales, los explotadores—a contar su historia, a confesar, a pedir perdón, a admitir que son seres racionales culpables de crueldad intencionada y de actos destructivos”. La literatura es un espejo crítico de esa locura y la poesía parece llamada a instaurar en el mundo su sentido sacrosanto tan extraviado en estos tiempos.

MARIO PUZO, UN PADRINO SEUDOLITERARIO

anamaqui — 09-09-2008 GTM -4 @ 09:20

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  "La política y el crimen son la misma cosa".

Don Vito Corleone

 

Libros pasados de moda como "El Padrino", "El vendedor más grande del mundo", "Papillón", "El Chacal", "Avenida del parque 69", o más recientes como "Quién se llevó mi queso", "Verónica decide morir", "Hanibal", alargan la lista de los más vendido. Las razones para la venta masiva de esta seudoliteratura nunca son claras del todo. Algunos se lo atribuyen al mercadeo. Otros a la fuerza mediática del cine. Lo cierto es que esta literatura pastiche vende crimen, terror y masajes para el alma al por mayor.

Algunos escritores de estos libros éxitos en venta poseen muchas características de personajes calcados de sus propias historias retorcidas. Además como escriben para vender y tener notoriedad sus vidas se vuelven un estropajo de vanidad, un carrusel con sus altas y bajas. El sempiterno autor de "El Padrino" tuvo una vida entre el folletín y la novela negra escrita a fuerza de trucaje artesanal. Su existencia es perfecta, en cuanto argumento, para ser escrita con ese estilo infame y papilloso de los más vendidos.

Mario Puzo pasó su infancia en el West Side de Manhattan. El barrio era conocido con el seudónimo de "cocina del infierno". Allí Puzo contempla, como si se tratara de una película policial serie "C" con sus prostitutas, sus chulos y sus matones de segunda disputándose el control de la calle. Su padre lo abandona cuando apenas tiene 12 años. Su madre asume con templaza más que con resignación el abandono y se hace cargo de todo. Un día el chico le confiesa su intención de convertirse en escritor. Su madre, suspirando resignada, sólo le pregunta: "¿por qué vas a cometer una idiotez tan grande?".

El futuro escritor pasa por el ejército. Trabaja en la administración y el papeleo. De vuelta a casa contrae matrimonio y se instala con su esposa en Nueva York. Los años cuarenta llegan a su fin y a nuestro futuro escritor sus aspiraciones artísticas iniciales parecen abandonarlo. La vida no es complicada y está llena de facturas por pagar. Como veterano de guerra recibe algún dinero mensual. Asiste a clases nocturnas de literatura. A su formación agrega el estudio de ciencias sociales en la Universidad de Columbia. Realiza trabajos mediocres a la par que edita relatos cortos en revistas de segundo orden. También trabaja en un ensayo narrativo sobre la Alemania ocupada. En 1955 se publica "The Dark Arena". Un crítico le asesta un duro golpe: "Este libro jamás debió haberse escrito". Mario Puzo se hunde en el silencio. Los años 60 tocan a su puerta y se encuentra como director de una revista importante.

Recuperado de sus primeros percances con la crítica decide escribir una novela. Tarda nueve años en darle forma a "El peregrino afortunado". La crítica esta vez trata al libro de forma más benévola y lo considera una obra clásica en el mejor sentido literario. Pero el dinero no llega y las cuentas por pagar se acumulan como el polvo. De nuevo se siente un bueno para nada, un fracasado. Tiene 45 años y las deudas no lo dejan conciliar el sueño. Su agente literario lo saca de sus ensoñaciones de convertirse en un gran escritor y lo conmina a que escriba una historia sencilla, sin tanta literatura; una historia para el gran público. Tiene que ser un tema atractivo y que él conozca muy bien como ese de la mafia ítaloamericana. Con algo de resistencia Puzo escribe un esbozo de diez páginas. Una editorial la rechaza y otra le adelanta una jugosa suma. Puzo se entrega a su faena y se documenta en profundo sobre la mafia, pero no se siente atraído para nada por el tema y en el ínterin escribe relatos de aventuras. Su hermano lo apuntala económicamente mientras termina el libro. Cuando Puzo lleva escritas alrededor de cien páginas del libro un estudio cinematográfico le ofrece otra buena suma de dinero por los derechos para hacer la película. Al cabo de tres años el libro no está terminado. Presionado por los acreedores y los editores (con las maletas listas para tomarse unas vacaciones necesarias) entrega el libro. Acuerda con la editorial que a su regreso le dará un nuevo vistazo al libro. Regresa y hace las correcciones necesarias, pero todavía el libro no le satisface del todo. "El padrino" se edita en el año 1969. Con los años la novela se convierte en un hito indiscutible sobre ese mundo siniestro y de costura shekespereana degradada sobre la mafia made in usa. La interpretación del mítico Marlon Brando, como capo mayor en el cine, acrecienta la fama de su autor al punto tal que Puzo recibió dos oscares por los guiones cinematográficos. Se ha especulado que los mafiosos de carne y hueso lo buscaban para que escribiera sus historias. Pero Puzo supo mantenerse en la orilla de la ficción y quizá salvándose así de ir a dormir con los peces.

Su nueva vida de magnate de las letras se divide en diversiones, lujos, excesos de todo tipo, guiones de cine (“Terremoto", "Cotton Club" y "Superman" I y II) y de algunos libros que no le interesan ni al público ni a la crítica. Pero esta etapa dorada se desvanece pronto. Una diabetes que desmenuza su cuerpo y el dinero que comienza a disminuir le producen un colapso nervioso que desemboca en un ataque al corazón. Con un marcapasos es atrapado por el remolino de la depresión. El Prozac le ayuda en los momentos más altos de su crisis emocional. Se siente desecho, finiquitado. Entregado al silencio está convencido que no quiere (ni puede) escribir una línea más. Su segunda esposa trata de alentarlo. Puzo se siente bloqueado; su mente parece un cielo blanco. No tiene imaginación, ni temas para un nuevo libro. Ante este abismo decide escribir lo que la gente espera de él: otro libro con capos, violencia y escritura elemental. La aparición de su nueva novela "El Último Don" le devuelve un éxito momentáneo. Sin embargo la crítica no lo deja ileso y ve en el libro un plagio actualizado del padrino. A sabiendas que ya tiene un pie en el otro barrio escribe "Omertá". Novela póstuma donde vuelve sobre su tema predilecto.

Se especula que el escritor va a la saga escribiendo siempre el mismo libro. En muchos casos sólo escribe uno repetido varias veces. Mario Puzo escribió el suyo por todo lo alto y esto terminó con su pretensión de ser un escritor en mayúscula. Alguna vez intente leer "El padrino" y no pude avanzar de la segunda página. No por azar Mario Puzo veía como un dudoso honor eso de ser considerado por Jackie Collins como su mentor literario.

La literatura no se encuentra en los libros de Mario Puzo, sino en su vida que posee la grandeza épica del personaje mafioso creado por los apremios materiales más que creativos o espirituales. De ese personaje que no lo abandonó de un libro a otro y que al final lo convirtió en vez de un padre de las letras en un padrino seudoliterario, masivo y de bolsillo.