Rafael Bolívar Coronado, trampa y literatura/Carlos Yusti
anamaqui @ 18:15La suerte del Alma llanera ha sido cambiante como el sempiterno autor de su letra: Rafael Bolívar Coronado. La canción, que formaba parte de una zarzuela criollista en un cuadro, se convirtió en el segundo himno nacional. Ha sido interpretada y coreada a lo largo de Latinoamérica hasta la saciedad y en cada interpretación se le ha incorporado nuevos acordes e incluso tergiversado su letra original. En nuestro país se le utilizó por un tiempo como conclusión abrupta de cualquier fiesta; era la manera elegante y un tanto venezolana de mostrarles la puerta a los invitados.
El destino de su autor también ha sido caprichoso. Rafael Bolívar Coronado fue un escritor con un innegable talento, no obstante su vida ladeada hacia el desparpajo y la trampa lo ha fichado para la posteridad como un zángano de las letras, especie de autor de segunda mano que utilizó más de seiscientos nombres diferentes para firmar sus escritos. Fue un indiscutible truhán que sin escrúpulo alguno se valió de los nombres de algunos autores consagrados para presentar textos suyos. Jamás se detuvo en consideraciones éticas al momento de engañar y timar en su buena fe a lectores y editores.
Rafael Bolívar Coronado.
Escribió muchos libros y ninguno, tuvo buena cantidad de nombres y ninguno. Para Coronado el acto de escribir no fue ni por asomo una forma de alcanzar la gloria o el éxito intelectual, fue si se quiere un medio para subsistir y sufragar sus gastos primarios. Nunca estuvo preocupado de la obra, ni de la inmortalidad, sólo estaba a contrarreloj para conseguir algunas monedas y “quitarle la telaraña a las muelas”, según sus propias palabras.
Hay dos libros imprescindibles para conocer de cerca a Coronado: “El hombre que nació para el ruido” de Oldman Botello y “Un hombre con mas de seiscientos nombres” escrito por ese historiador, filósofo, ensayista, catedrático e increíble bibliófilo como lo es Rafael Ramón Castellanos.
La vida de Rafael Bolívar Coronado estuvo estrechamente unida a la literatura y quizás este hecho le salva de toda su irresponsabilidad intelectual, le convierte en un autor idóneo para la postmodernidad debido a que no respetó ni a escritores y mucho menos sus obras, despojó al quehacer literario de toda su pompa circunspecta, de todo ese boato de clasicismo formal. Coronado fue una personalidad artística, psicológicamente no del todo equilibrada, que invirtió sus mejores esfuerzos en ser un escritor a tiempo completo. Jamás dudó en ejercer otro oficio que no fuese el de escribir. Que estaba loco nadie lo duda. Que todas sus trampas, triquiñuelas y estafas estaban justificada por el hambre.
Si se puede esgrimir un alegato a su favor sería su proverbial destreza para elegir nombres y su especial caradurismo para asumir el trabajo literario: a destajo y sin tiempo. Como alegatos en contra se podría esgrimir la forma despiadada para atacar a sus adversarios y enemigos a través de su escritura. Su sentido amoral para usurpar los nombres de otros escritores y endosarles sin empacho sus propios escritos por el simple hecho de ganar algunas monedas. Esta actitud pesetera nada tiene que envidiarle a muchos de sus contemporáneos quienes como prostitutas aceptaban embajadas o altos cargos en el gobierno. Por lo menos Coronado iba a sus aires y escribía aquello que más le resultaba y lo que le provocaba en ese momento.
A Coronado puede que lo salve su humor. Se burló a placer de sí mismo y de todo un medio intelectual acartonado y con ínfulas de gloria, premios y plazoletas. Él bajó de su pedestal bostezante la profesión literaria y nunca estuvo interesado en ser un escritor de oficio con una obra elaborada para llenar anaqueles. Estuvo preocupado por convertir la profesión de escribir en una temeridad desgarrada y risueña. Ese sentido de anonimato que imprimió a su trabajo (oculta con tantos nombres posibles) dice mucho de un escritor cuya necesidad parece ser sacar a luz lo escrito. No quiso escribir para la gaveta, sino para los lectores en el ardiente presente.
Sus inicios como escritor se remontan a su Villa de Cura natal en el Estado Aragua, en un semanario del que era cofundador. Después sus colaboraciones llegaron a prestigiosas publicaciones de la época como “El Cojo Ilustrado” y “El Nuevo Diario”. Por un tiempo merodea por Caracas desplegando una actividad literaria prolífica. Escribía para distintos diarios y revistas como “Horizontes” de Ciudad Bolívar y Aten as de la capital.
En Caracas como buen conversador y charlatán amplia el campo de sus amistades literarias y militares. De pronto se encuentra en la plana mayor de los adláteres al régimen gomecista. Anda en estas malas compañías hasta el año 1913. De regreso a Villa de Cura reflexiona y escribe sobre su peripecia como militar agregado que pueden leerse en “Memorias de un semibárbaro” . Para el año de 1914 vuelve a Caracas y se desempeña como colaborador y redactor de la revista “Atenas”. De igual modo escribe para otros diarios y se desempeña como educador en una escuela municipal. Para el 19 de septiembre de ese mismo año se estrena la zarzuela, en un acto y tres cuadros, “Alma llanera”. La letra es de Coronado, la música pertenece a Pedro Elías Gutiérrez y es llevada a escena por la compañía de Matilde de Rueda.
Antes del estreno de seguro Coronado estaba hecho un amasijo de nervios. Como pudo aguantó hasta casi finalizada la obra y luego abandonó la sala. La obra fue un éxito y el público pidió la presencia del autor. Luego explicaría a sus amigos sus razones: “Me fui porque me imaginé que el público me iba a silbar”. Este miedo al fracaso quizá lo llevó a ocultarse siempre para escribir.
La canción principal de la zarzuela es tarareada en todas partes. Coronado y Gutiérrez deciden presentar la obra a un público más selecto. La suerte del Alma llanera estaba escrita; se convertirá con el tiempo en el segundo himno de Venezuela. Coronado tuvo sentimientos contradictorios con respecto a los versos de la canción y en un artículo llegó a escribir: “De todos mis adefesios es la letra del Alma llanera del que más me arrepiento. En efecto. Es ésta mi página dolorosa, el hijo enclenque de mi espíritu, la cana al aire, la metida de pata”.
Para el año 1915 aparecen las bases de los primeros “Juegos Florales de Venezuela” y unos meses más tarde el jurado para la categoría cuento estará conformado por José Gil Fortoul, J. M. Herrera Irigoyen y Jesús Senprum. El cuento premiado es “El nido de azulejos” de Coronado. A pesar de estos aparentes triunfos el escritor aragueño parece no estar satisfecho y su espíritu inquieto lo impulsa a probar nuevos aires. Realiza trámites y obtiene los beneficios del gobierno para viajar a España. Ya en tierra española se convierte en un agente de perturbación política contra la dictadura de Juan Vicente Gómez.
En Madrid sin oficio conocido y vigilado por los funcionarios de la embajada contacta con el poeta Francisco Villaespesa. Con un legajo de cartas de recomendaciones y mentiras embauca al poeta y director de la revista “Cervantes”. Villaespesa para ayudarlo y lo agrega a la plantilla de su revista como corrector. Aunque Coronado no sabe un ápice sobre la corrección de textos acepta el trabajo.
La revista se edita y por supuesto los errores, gazapos y erratas son abundantes, sin mencionar el hecho que algunos escritos son de Coronado con el nombre de insignes escritores hispanoamericanos. Estalla el escándalo y se traslada a Madrid.
Otra vez sin dinero y con el apremio del hambre encuentra una oportunidad de oro para utilizar su ingenio cuando se entera que un compatriota suyo Rufino Blanco Fombona necesita manuscritos para inaugurar la “Editorial América” y una de cuyas colecciones estará dedicada a la historia colonial.
Coronado se hace pasar por copista de unos manuscritos que reposan en la Biblioteca Nacional de Madrid. Los autores de dichos manuscritos de la colonia son: Maestre Juan de Ocampo, F. Salcedo de Ordóñez, Mateo Montalvo de Jarama y algunos otros. El copista obtiene el vil metal por sus servicios lo que permitirá subvivir algunos meses. A la par de estos “trabajos literarios” de calderilla escribe artículos para distintos periódicos en los cuales denuncia el gobierno de mano dura de Gómez y no por capricho uno de estos textos lleva por título “Gomezuela”. Esto vuelve a desatar las pasiones políticas de rigor.
En estos días convulsionados algún sabelotodo entrometido (que nunca falta) descubre graves fallas gramaticales en los textos de historia colonial. Los encargados de la Editorial, con Blanco Fombona a la cabeza, buscan desesperados en la biblioteca los originales y descubren la estafa.
Blanco Fombona además de escritor y editor era un hombre de malas pulgas y armado que no se andaba con sutilezas literarias a la hora de resolver conflictos. De seguro tenía una bala con el nombre de Coronado, pero no pudo encontrarlo. Ante tal disyuntiva optó por publicar un libro inédito del estafador: “Memorias de un semibárbaro”. Hacer publicar dichas memorias era un poco desenmascararlo y desacreditarlo en todo sentido.
Coronado sobrevive a duras penas con las colaboraciones a distintos diarios y empleando distintos nombres que según la cuenta de Rafael Ramón Castellano sobrepasa la cifra de seiscientos nombres. Por fin se le ocurre la idea de las antología de poetas latinoamericanos.
El editor Ramón Sopena compró varias de estas colecciones. Como era lógico Coronado ensamblaba dichas colecciones en cuestión de semanas y si le faltaban poetas o poemas los inventaba de manera inmisericorde.
Una de las situaciones más ilustrativa de este pícaro redomado involucra al poeta Andrés Eloy Blanco, quien con su libro “Canto a España” obtuvo un prestigioso premio en metálico. Antes de la llegada del poeta cumanés Coronado hace su tarea. Se dedica a escribir loas rimbombantes a la poesía y persona del poeta. Con paciencia premeditada guarda los recortes de prensa. Coronado remite al hotel donde se aloja el poeta laureado los recortes de prensa y su dirección. Pasan algunos días y no obtiene ninguna señal. Urgido de dinero le envía un telegrama urgente: “Andrés Eloy eres un Astro. Los Astros giran. Gírame algo”.
A pesar de toda su trágica y precaria existencia Coronado no pierde el pulso para ser irónico y esto si se quiere le salva, lo devuelve a nuestros días irremediablemente vivo y quijotesco. No sin razón el escritor peruano Fernando Iwassaki escribe: “Entre los impostores y falsarios de la literatura, el venezolano Rafael Bolívar Coronado (1884-1924) merece un lugar de privilegio al lado de George Psalmanzar y James MacPherson, aunque haciendo hincapié en que Bolívar Coronado escribió su obra apócrifa en el siglo XX y no para halagar su vanidad o conseguir más poder, sino para llegar a fin de mes”.
Coronado escribió mucho y su obra es tan dispersa y caótica como su vida. Escribió de todo e incluso pergeñó una biografía de Lenin en un momento en que este personaje daba sus primeros pasos por la alfombra roja de la historia.
Rafael Bolívar Coronado estaba loco y su locura fue escribir en un tiempo en el cual los escritores estaban interesados en formar parte del decorado del poder como funcionarios o asesores. Con su vida ha escrito la página literaria más fantástica, estrafalaria y vigorosa de nuestro país. Arrojó por el desagüe de la trampa y el heterónimo el prestigio de ser escritor. Quizá dilapidó su talento literario tratando de convertir el hecho de escribir en una actividad perdida en el tumulto de lo común. Coronado como ningún otro descubrió que el escritor es sólo un ídolo con pies de barros y cuando la literatura se torna un eco insoportable de nadería ególatra pensemos en su peripecia intelectual, en sus trampas y en su aventajado lirismo de tener la literatura como un medio y no como un fin en sí misma.

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Comentarios(2) »
Estoy sorprendida, anonadada, no conocía estos detalles de Rafael Bolivar Coronado. Pero sí que la letra de Alma Llanera, la escribió en la Hacienda Santa Rosa, de Villa de Cura. Hacienda propiedad de mi padre biológico José García Rondón. Caray, qué sorpresas! También soy nativa de Villa de Cura.
Estoy sorprendida, anonadada, no conocía estos detalles de Rafael Bolivar Coronado. Pero sí que la letra de Alma Llanera, la escribió en la Hacienda Santa Rosa, de Villa de Cura. Hacienda propiedad de mi padre biológico José García Rondón. Caray, qué sorpresas! También soy nativa de Villa de Cura.
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