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Editar una revista es una experiencia extraña. No es una actividad que te lleva al orden, sino que te conduce a instalarte en un apremiante caos, en esea anarquía azarosa de las palabras. La ironía, el escepticismo ayudan para que ese caos se torne en algo coherente, digno de llamarse literatura y oficio de escritura. Fuera de la revista todo tiene ese sabor lento y ese aroma de rutina aprendida y sin sobresaltos.

Cuando se edita una revista se quiere estar en la foto desenfocado, movido. Desea uno volarse las etiquetas, marcar pauta y no debido a que nos sobrestimemos, sino que nunca subestimamos el poder de las palabras. No es casual que nuestro presidente no pierda oportunidad para realizar alocuciones públicas que atentan contra el tiempo y la paciencia del respetable. Tampoco es casualidad que Don Quijote sea más real que su autor Miguel de Cervantes. De igual modo al escritor Sir Arthur Conan Doyle le preguntaban por Sherlock Holmes como si se tratara de una persona real e incluso recibía más cartas que su creador. También los indígenas Pemones emplean creaciones orales llamadas Tarem para detener un aguacero torrencial, curar un enfermo, cazar una buena presa o voltearle el corazón a una mujer para que sea más sencillo conquistarla. Como ven subestimar la capacidad creadora y transformadora de las palabras no es asunto baladí.

He participado en varios proyectos de revista y ninguna se parece a otra. Al parecer no existen recetas, ni algún tipo de manual. Al final hay que apañársela en solitario. Si me preguntan que es una revista, no sabría que respuesta ofrecer. No obstante tengo para mí que una revista es un artefacto literario que se puede leer en el autobús, en algún café, en una antesala, con ruido de fondo, todo lo contrario a un libro, al que tiendo a creer que se lee rodeado de tranquilidad y silencio.

Una revista se estructura en el día a día y aunque se hace en solitario todo desemboca en un esfuerzo colectivo. Obvio agradecer a nuestros colaboradores: José Miguel Piedra lexicógrafo, que es algo así como un cartógrafo de las palabras, Leonardo Rodríguez locutor y cuya oralidad se traspapela en sus textos, Juan Guerrero ensayista, poeta, profesor y erotómano en sus ratos libres, Pamela Astudillo periodista con alguna licenciatura en letras, Elinor Herrera, profesora con una suficiente dosis de ironía destilada en sus escritos. vil

Ninguno es un escritor profesional, en el sentido estricto del término; pero van al papel (o a la pantalla del computador) a tipear la anatomía de sus experiencias espoleadas por la cotidianidad punzante y viva. Columnistas todos intentando que el alma quepa en 2000 caracteres con la suficiente holgura para que el lector pueda descubrir en ese breve espejo de palabras que las pasiones humanas, nobles o viles, son los engranajes de este mundo.

Un columnista está a medio camino entre el articulista de prensa y el ensayista, es un escritor que trabaja la actualidad desde su presión sanguínea particular por eso a veces los textos tienen ese tono melancolizante, ese aire repentino, esa inflexión irónica, callejera, pero nunca beata ni profesoral. Los columnistas no enseñan nada, pero el lector aprende mucho. Cada quien en su estilo sin dejarse limitar por los géneros por aquello escrito por Francisco Umbral: “El género atrapa, ciñe, esclaviza. El estilo, libera e iguala. Cuanto más estilo, menos género”.

Por supuesto los anunciantes son claves en el momentos de los balances y las cuentas por pagar. Luego vienen los amigos y los lectores que merodean por este artefacto literario a ver de que va ese rollo de las palabras en papel costoso y pagano.

Mi primera bicicleta se la compró mamá (Carmen Elina) a unos ladronzuelos frotaesquinas del barrio que la estimaban mucho porque ella les domesticaba el hambre algunas veces. Mi primera máquina de escribir portátil fue un obsequió de mi hermana mayor Miriam. Tecleaba con una mano tratando de aprender el oficio de escribir y no de ser un mecanógrafo eficiente. Leyendo a los clásicos aprendí algunos trucos de los cuales me valgo para terminar una página. Menciono esto de la bicicleta y la máquina de escribir para enfatizar la importancia de las mujeres en este destino insólito de la escritura.

Algunas mujeres (Virginia Gudiño, Josfel Romero, Maridée Muñoz) traman conmigo este proyecto de Fauna Urbana y como habrán podido deducir yo no dirijo gran cosa y más bien me dejo llevar por el metal dulce de estas mujeres a las que he tratado de echar a perder con mi manual de cinismo desplanchado, pero ellas también andan a sus aires tratando de sacarle cadencia a las palabras, de imprimirle esa dulcelumbre e iluminar esta andanza azarosa de editar una revista. Con ellas he aprendido trucos nuevos y he tratado de devolverles el favor enseñándoles mis malas maneras a la hora de escribir. Por supuesto mi mujer Ana María es cómplice de mis peripecias con estas mujeres y se lo agradezco.

Otro socio y aliado de Fauna es Saúl García. Nuestros oficios se parecen. Se lee con los ojos. Se toman fotos con los ojos cerrados y con el corazón abierto. Miramos distintos, pero la fotografía es también una escritura. Otros aliados son Jesús Bernuy y la diseñadora designada Desiree Galindo. Ah y por supesto a nuestro caricaturista Edgar Osto. Gracias por el apoyo.

Yo que a veces ceno calle y suburbios ( con Federico, Arévalo y Juan) en mal estado, que he leído mucho y estudiado poco, que bebo y tengo otros malos hábitos, trato de ser consecuente con mis fantasmas y a veces pedaleo en esa vieja máquina de escribir que me regaló mi hermana, o escribo encaramado en esa bicicleta de la metáfora para hacer de este oficio de la escritura jugando al hallazgo inesperado de las palabras convertidas en música en el papel.

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